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La comisión de los barqueros

      

Los fondos de inversión de todo tipo y características han penetrado durante la última década en España de forma tal que ha surgido toda una industria en torno a ellos. El caudaloso río de la inversión en nuestro país se ha visto surcado por mil y una barcazas, los cientos y cientos de fondos de inversión, adecuados a todos los perfiles de riesgo, que navegan por sus aguas.

 

       Las distintas embarcaciones sobre las que puede transportarse el inversor son en algunos casos gabarras tan sólidas que garantizan el capital aunque se navegue por aguas turbulentas. En otros casos, se trata de lanchas rápidas, que se apuntan a surcar aguas torrenciales para que los inversores más aventureros puedan obtener placer del riesgo.

 

       Todas las barcas son comandadas por gestoras dispuestas a transportar al inversor a cambio de una remuneración por su servicio, por lo que establecen una comisión de gestión anual.  Esas comisiones quedan reflejadas en las cuentas de los fondos, de forma que merman el valor liquidativo, pero no son pormenorizadas habitualmente en la información facilitada a los inversores, por lo que su reducida transparencia permite que sea alto el precio a pagar por el viaje sin que los pasajeros se sientan incómodos.

 

       Los comandantes de las barcas pueden exigir también a los pasajeros una comisión por querer subir a sus botes e incluso otra comisión por dejar a los pasajeros finalmente en el muelle. Esas comisiones, de suscripción o de reembolso, son mucho más perceptibles por los inversores, porque les son aplicadas individualmente al embarcar o desembarcar. La comisión por embarque resta especialmente posibilidades de captar pasajeros, que solo se ven dispuestos a asumirla si están muy convencidos de  que será una navegación agradable y provechosa. La comisión por desembarque es percibida por los presuntos pasajeros como una gravosa cadena que les amarra al barquero y les impide rectificar el rumbo de sus decisiones, por lo que constituye otra freno para ocupar plaza en los barcos del río de la inversión.

 

       Si alguna de las barcazas se demora en su viaje, zozobra o simplemente incomoda al pasajero, el viajero deseoso de saltar a otro bote en el que continuar su viaje se ha visto hasta la fecha obligado a pagar adicionalmente a la autoridad ribereña, debiendo satisfacer impuestos por las ganancias que le generó la barca abandonada. Puesto que la tarifa de la autoridad ribereña ha sido tradicionalmente elevada, la posibilidad de saltar a otro bote  para continuar viaje por el mismo río ha sido siempre escasa para los inversores. Sabedores de ello los barqueros y convencidos de que el canon exigido por la autoridad para cambiar de barca constituía el mejor antídoto contra pasajeros inquietos, los barqueros han seguido en nuestro país la política que mejor se adecuaba para maximizar sus ganancias. Esa política ha consistido en facilitar que se llenen sus barcas con billetes de embarque muy baratos o gratuitos y en evitar recelos previos de los posibles pasajeros por temor a castigos por desembarque, dejando salir a los inversores de los fondos libremente, sin cobro de comisiones por reembolso. A cambio, han apretado las clavijas en las comisiones de gestión anual, con tarifas sensiblemente elevadas, sobre las que apenas ha hecho mella, según se ha ido llenando de barcas el río, la competencia.

 

Ahora la autoridad ribereña piensa dejar expedito el salto de barca, sin cobro alguno por impuestos a los pasajeros interesados en surcar el río sobre mejor bote. Puesto que la barrera hacendística contra infidelidades va a ser levantada, los barqueros tienen que ir pensando en mejorar la conducción para no perder pasaje. Pero no sería de extrañar que piensen de paso en percibir ellos la ganancia a la que renuncia Hacienda. Así, pronto veremos que comenzarán a elevarse las comisiones de suscripción y las de reembolso para encadenar a los pasajeros, sin que llegue a producirse en cambio, dada su escasa transparencia, rebajas en las comisiones de gestión.

 

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 


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