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Mundializar la riqueza
El planeta entero conjuga en los últimos años, todos los días, el verbo
globalizar. La mundialización, producto del cambio tecnológico y del cambio político,
se ha impuesto, sin posible marcha atrás.
La globalización está permitiendo una intensa movilidad del capital y difusión
de la tecnología. Los bienes y servicios se distribuyen en el ámbito del mercado
mundial. La movilidad alcanza a las mercancías, como lo hace a los capitales, pero apenas
alcanza al ámbito de las personas.
El pensamiento económico neoclásico ha predicado, de acuerdo a los modelos de
Solow o de Heckscher-Ohlin, que tanto esas movilidades como el proceso de crecimiento dan
como resultado una mayor convergencia de la renta per cápita de los países. Se presume
que la libertad de movimientos y la amplitud de mercados facilita el trasvase del capital
financiero y del capital humano desde los países ricos, donde abunda, hacia los países
pobres, donde, por su escasez, encuentra mejor rentabilidad, en tanto que la mano de obra
poco cualificada fluye hacia los países ricos en busca de mejores oportunidades.
Los
efectos de la movilidad de la mano de obra son reducidos por causa de las barreras
linguísticas y culturales, cuando no por causa de las barreras legales y reales que
convierten a los hombres en espaldas mojadas o en carne de patera. A cambio, la movilidad
de las mercancías cumple la función redistribuidora que no consiguen efectuar las
migraciones, sustituyendo indirectamente sus efectos.
Sin embargo, para que el proceso de acercamiento de rentas per cápita se produzca
de acuerdo a la teoría neoclásica, deben cumplirse supuestos demasiado rígidos como
para pensar que sean realistas, como presumir similares funciones de producción entre los
países, con parecida productividad total y mercados no segmentados, sin fuerzas
oligopolísticas, muy bajos costes de transporte ysin que surgan ahorros derivados de la
dimensión o se generen economías externas.
Pero la realidad es otra. Los países ricos tienen una productividad total mayor
que los pobres y son más eficientes que ellos. Pero sobretodo, las empresas tienden a
aglomerarse en un mismo punto geográfico, aprovechando
tanto las economías que genera la proximidad entre ellas como los ahorros que
obtienen de tener menores costes de información o la mayor facilidad de acceso a
infraestructuras o a capital humano especializado. La realidad dice que se obtiene
ventajas económicas de vivir en la gran ciudad, es decir, que no se tiende a la
redistribución geográfica del capital o de las personas, sino a su concentración en
aglomerados.
El pensamiento
economico neoclásico en torno a la cuestión ha quedado relegado por otros puntos de
vista, como el de Lucas o el de Romer, que entienden que los rendimientos del capital
fisico, como del humano, son crecientes a escala y que el progreso técnico es una
consecuencia del propio sistema de competencia.
En los modelos de Lucas o Romer, la convergencia de renta entre los países ya no
está tan claro que se produzca. Los países pobres que sepan dotarse con rapidez de
capital humano sí tienen posibilidad de acercarse a los ricos, en tanto que aquellos que
no sepan desarrollar políticas de fomento del capital humano avanzarán inexorablemente
hacia la divergencia.
De acuerdo a ese punto de vista, la globalización a la que nos enfrentamos en un
reto duro para los países menos desarrollados. Pero no imposible. Les toca espabilar.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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