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Hilos que caen del cielo

  Los leones son máquinas que necesitan combustible para poder funcionar y lo consiguen de las gacelas, comiéndoselas, aunque no saben aprovechar ni tan siquiera un 10% de la energía que contienen. Las gacelas también son máquinas ansiosas de combustible y lo obtienen saciándose con plantas, de las que no saben aprovechar ni tan siquiera un 10% de su energía. Las plantas también son máquinas necesitadas de combustible y lo sacan de RA, del sol, pero les ocurre lo mismo que a las gacelas y a los leones aunque más exagerado, porque son horrorosamente ineficientes e incapaces de aprovechar la energía que captan. No llegan a sacar el 10% de rendimiento sino mucho menos, apenas un 2%. ¡Pobres leones!, sólo consiguen de la escasa energía solar que supera los ostentosos filtros de nuestra atmósfera un 10% de un 10% de un 2%, es decir, apenas un 2 por diez mil de esa energía, doblegada previamente por nubes y nubarrones.

     Aunque los leones fuesen reproductores incansables, tendrían un problema inmenso y es que no habría combustible para todos ellos. No tienen más remedio que ser pocos, muy pocos, comparados con las gacelas y éstas ser muy pocas comparadas con las plantas. Están condenados a ser escasos, por ineficientes y por haberse buscado un combustible aún más ineficiente.

     Los humanos somos máquinas menos fieras que los leones para conseguir combustible pero hemos aprendido otros trucos para no ser tan escasos como ellos. Los leones no saben aprovechar otras energías que están almacenadas ni saben transportarlas. Nosotros, en cambio, cazamos otras energías adicionales,  como las de los pantanos, o las del petróleo y procuramos convertirla básicamente, aunque también con grandes pérdidas, en un redoble de tambores muy orquestado, en una vibración acompasada que llamamos energía eléctrica.

     Tenemos, sin embargo, un problema. Hemos avanzado mucho en explotar la cadena de combustibles hasta llegar a la electricidad, lo que nos ha dado grandes posibilidades y comodidades, pero nos pasa lo que a los leones, que tampoco sabemos almacenarla.

    A nosotros, como máquinas, nos interesa disponer de combustible bueno, barato, no contaminante, almacenable y si es posible, obtenido con eficacia de fuentes inagotables o, al menos, renovables.

    Tenemos la posibilidad de usar hidrógeno como combustible directo,  que tiene la ventaja de ser almacenable, abundante, no contamina y es inagotable, aunque, por desgracia, está mezclado con otras cosas, como el agua. Para llegar a él no tenemos más remedio que pasar por la electrólisis y para llegar a ella tenemos que generar redoble de tambores, es decir, energía eléctrica. El camino es tortuoso e ineficiente, porque en cada fase, como le pasa a los leones, lo que se aprovecha es una parte mínima de lo que se coge. Por ello, la fuente original de la que se saque la energía eléctrica tiene que ser potente. Si la fuente es una de las energías no renovables, como el petróleo, o una energía arriesgada, como la nuclear, no ganamos nada más que desaprovechar en la cadena de transformación. Si, por contra, la fuente es una energía limpia, renovable, como la eólica, la de las mareas, o la de nuestro sol peninsular, estaremos prácticamente haciendo lo mismo que los leones. Estaremos aprovechando una mínima parte de una mínima parte de alguien que, como las plantas, los molinos de viento o los tejados solares son severamente ineficientes y apenas han sabido aprovechar la escasa energía solar que les llega.

    El camino lógico es acudir directamente a adorar a Ra y llamar al sol sin intermediarios ineficientes. Tendremos que reclamarle al sol la fuerza de sus rayos sin filtros atmosféricos que la limiten, para que nos llegue su vitalidad con el máximo de fuerza posible y cogerla lo más directamente posible. Tendremos que montar centrales de energía solar con inmensos paneles en satélites geoestacionarios orbitando sobre la tierra, fuera de la atmósfera, para que no haya filtraciones y se tuesten al sol. Tendremos que producir la energía eléctrica directamente en esos satélites y desde ellos tendremos que transmitir la vibración hacia el suelo para transformarlo en hidrógeno almacenable.

    El cielo se llenará de hilos. Hilos de novedosos láseres entre nuestros satélites y nuestras centrales de producción de hidrógeno. Por los capilares de esos hilos viajará un intenso redoble de tambores. Y entonces, habremos ganado doblemente la partida a los leones.

 

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 

 


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