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Descubrimientos esporádicos

 

       La economía tiene fama de saber lúgubre, por el énfasis que pone en la escasez como objeto de tratamiento. Las sociedades humanas han vivido siempre inmersas en un mundo limitado en recursos, abundante en carestías y sobrado de insuficiencias. Hambre y necesidad han sido los protagonistas tradicionales del sistema de vida humano, como lo es también de los restantes seres vivos que habitan el planeta.

 

       Sin embargo los humanos hemos conseguido, frente al resto del mundo animal, sucesivos avances en nuestro bienestar que si bien se han producido, no se han realizado a un ritmo continuo ni, mucho menos, de forma igual entre las sociedades ni entre las personas que las componen.

 

       El motivo sustancial que ha provocado tales avances ha sido siempre la explotación de nuevas posibilidades gracias a descubrimientos que, eso sí, muy de tarde en tarde, afloran a la luz.

      

       En los periodos de tiempo en que se realizan esos descubrimientos y se encuentra la forma de desarrollarlos surge una intensa actividad humana, fagocitando el medio, de forma tal que aumenta el nivel de vida y el mundo económico entra en una dinámica expansiva, con frecuencia tendente al delirio. Una vez agotadas las posibilidades de difusión y desarrollo que origina el descubrimiento, la vida económica se adormece, se aminora el crecimiento económico y se resiente el bienestar alcanzado. El descubrimiento de la agricultura, milenios atrás, revolucionó el modo de vida humano, permitió la formación de imperios estables y, una vez extendida su difusión, agotó sus posibilidades expansivas en un largo transcurso de siglos lúgubres.

 

       Entre el siglo XVI y el siglo XIX, nuestro mundo Europeo pudo dar un salto adelante en su precario bienestar gracias a la tenacidad de Colón. El descubrimiento de un Nuevo Mundo se convirtió en un filón permanente de creación de actividad económica y dio lugar a la conquista y colonización del planeta por el mundo europeo.

 

       El filón agotó sus posibilidades en el XIX, no sin dejar tristes huellas de violencia por las desigualdades producidas en su explotación. En tanto que portugueses y españoles realizaron la inversión básica, fueron los rezagados ingleses los que obtuvieron los rendimientos y los alemanes los que no llegaron a disponer del pastel pero sí a disfrutar de sus externalidades.

 

       Antes de que terminaran los efectos de los descubrimientos de tierras y recursos surgió el nuevo motor del desarrollo, la máquina de vapor, dando lugar a un paso hacia delante basado en la industrialización.

 

       El siglo XX ha permitido el gran salto en el bienestar gracias al descubrimiento de la electricidad. El fuerte impulso económico del último siglo es fruto de la explotación y difusión sistemática de los beneficios de la electrificación del mundo.

 

       Las grandes revoluciones que originan los descubrimientos vienen acompañadas también de pequeños impulsos paralelos. Así, al tiempo que se descubren elementos esenciales, como la electricidad, surgen también otros elementos dinamizadores capaces de mover el mundo, pero de menor capacidad revolucionaria y de mayor coste social y ambiental. El siglo XX, además del impulso eléctrico, vivió el impacto de la difusión del coche, arañando la piel del planeta con surcos de asfalto.

 

       Los efectos de la revolución eléctrica aún no se han desplegado en su totalidad en el mundo. Al igual que el descubrimiento y explotación de Oceanía y Australia no son más que una mera consecuencia del descubrimiento de América, la revolución de las comunicaciones, internáutica, digital, o telemática, obligadas protagonistas del siglo XXI, no son más que apéndices de la explotación eléctrica.

 

       Pero estamos de suerte. Si en el siglo XIX se pudo aprovechar el impulso de la máquina de vapor antes de que se acabara el impacto colombino, el siglo XXI podrá aprovechar las ventajas de la revolución biológica, necesariamente la nueva bandera del progreso, antes de que se acabe la revolución eléctrica. Esta vez no se tendrá que pasar por una larga y lúgubre Edad Media.

 

 E. Ibañes

 

 


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